Argentina y Holanda se enfrentan para definir al líder del grupo y Costa de Marfil intenta rescatar al menos 3 puntos. Mi cama y control remoto han sido los mejores compañeros, mientras dura mi lesión.
Ni la furia de los serbios. Ni el look de Ljuboja. Ni los cambios del D.T. montenegrino. Ni la "defensa menos batida de Europa" en las clasificatorias. Nada pudo contra "el equipo de José".
Los canales de televisión de los argentinos ya parecían reality, transmitiendo todo el día noticias de los seleccionados. Quién hizo los goles en el entrenamiento, quién se levantó más tarde, hacía frío o calor, ningún detalle se les escapaba.
Todo repleto de noticias extra futbolísticas de esas que no están de más cuando no ha comenzado el fútbol del grupo. Hasta que llegó el gran día.
Leo: Hola. Cynthya: Leo, ¿cómo estás?. Leo: ¡Che, tiempazo!, bien. ¿Cómo andás?. Cynthya: Bien. Necesito que nos juntemos lo antes posible. Leo: ¿Tan urgente? ¡No me digas que te las das de periodista ya! Cynthya: Algo parecido. Leo: Viajo a Rosario la semana próxima. Ahí charlamos.
Sí, lo decidí. Y no es por solidarizar con los escolares, ni por defender a nuestros ilustres "firma-autógrafos", tampoco por recriminar a "don Choco", ni por que la "U" está en quiebra o porque éste es el último Mundial de Serbia y Montenegro como una sola selección. No, señores, por eso no hago huelga.
Pasan los días y sigo en espera de fútbol, ése que pone los pelos de punta y reduce los 90 minutos de juego a instantes fugaces de emoción que no se olvidan jamás.
Poco más de 591 horas indica el reloj del fondo de pantalla para que comience el Mundial, cada minuto parece emitir un sonido más fuerte hasta tener la sensación de escuchar uno de esos relojes tic-tac que tanto odiaba el Capitán Garfio.
El grupo C da vueltas en mi cabeza y unos minutos de introspección me hacen caer en un sueño profundo. Despierto abruptamente creyendo tener la "albiceleste" puesta a pocos minutos de entrar a la cancha. El estadio está lleno y mis rodillas tiemblan.